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EL PAPEL DE LOS PADRES EN LA CONDUCTA DE LOS NIÑOS

Las situaciones más difíciles que nos encontramos cuando trabajamos con niños, se deben a que los padres no aceptan que son los responsables del comportamiento de su hijo(a).  Me atrevería a decir que cualquier niño que manifieste un problema de conducta puede aprender nuevos  patrones de comportamiento saludables, pero si los padres no quieren cambiar, no podemos hacer mucho por el niño.

Los niños desarrollan problemas de conducta cuando los padres no logran darle una estructura a sus vidas y la relación que mantienen con ellos carece de límites, de afecto genuino y/o están descompensando el dar y recibir.  Por ejemplo, si un niño solamente recibe afecto, no sabrá lo que debe hacer ni sabrá cómo comportarse adecuadamente.  En cualquier momento y dependiendo del temperamento del niño, el exceso de afecto y atención puede provocar que se vuelva agresivo y trate de tomar el control, o por el contrario, se puede volver temeroso de todo.   Lo mismo sucede si privamos al niño de cariño y atención, a menudo solemos encontrar a padres que se la pasan ignorando las necesidades psico-emocionales de sus hijos y para compensarlos los llenan de regalos y cosas materiales.

En cierta ocasión, trabajé con un niño que estaba totalmente desatendido de sus padres.  Llegaba al kínder con el uniforme sucio, de chinelas, sin bañarse o sin siquiera haberse lavado la cara y cepillado los dientes.  En clases no trabajaba, y cuando lo hacía era sucio y desordenado; con sus compañeros y con la profesora se portaba muy mal, se salía del aula para irse al parque, costaba mucho trabajo hacer que permanezca sentado y en silencio.  Cuando comencé a trabajar con él, no quería quedarse dentro del consultorio, siempre quería irse sin trabajar, me amenazó varias veces con matarme con la escopeta de su padre si no lo dejaba marcharse.  Cité a los padres y pude notar que ambos acudieron a mi llamado como por obligación, el papá mostraba una actitud arrogante y burlesca, mientras que a la madre se le veía un aire de resignación, por lo tanto, no hubo ningún avance.  No obstante, conocer a los padres me sirvió para darme cuenta que al niño no le faltaba nada material, lo que le faltaba era afecto y dirección.  Le pedí a la profesora que comenzara a reforzar las conductas positivas del niño por más pequeñas que fueran, como por ejemplo haberse quedado sentado en su lugar por algunos minutos, también le pedí que cada día al verlo llegar lo abrazara.  Esto no fue tarea fácil puesto que la profesora había desarrollado una aversión hacia el niño, pero le hice ver que su papel era muy importante si queríamos ver alguna mejora dentro del ambiente del kínder.  Cuando le demostré a la profesora cómo tenía que saludar afectuosamente al niño, me gané varias patadas ya que el niño al ver que me le acerqué a abrazarlo, se lanzó al piso y comenzó a dar vueltas pateándome las canillas.  Pero fue así, como de a poco cada día, regalándole un elogio y robándole un abrazo, ese niño fue dejando salir al verdadero niño que habitaba en él, un niño cariñoso y respetuoso.  Esta es la parte bonita de este caso, lo lamentable es que en su entorno familiar las cosas continuaban igual y al terminar el kínder, no volvimos a saber del niño.

Todas las personas necesitamos amor sin duda alguna, pero también necesitamos reglas clara así como también realizar esfuerzos antes de recibir una recompensa.  Si queremos ver jóvenes y adultos sanos, esta dinámica debe comenzar fundamentalmente desde que somos niños.

 

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